Vaguedades en torno a la ambigüedad, al trabajo con las manos, a los gestos y a la palabra

La Mareta, agosto de 2011

 Hurgando entre textos me encuentro con este párrafo descriptivo de la vivienda en el camino de San Diego, en La Laguna, de hace ya un tiempo:

‘La casa pretende posarse sobre el jardín con el cuidado de apenas rozar la presencia fascinante de la huerta abandonada a la suerte del tiempo, del clima y de la vegetación. Sin embargo, a la vez, la relación entre el objeto y la naturaleza se dramatiza por la tensión que se establece entre la condición compacta y perdurable del volumen construido y la cualidad frágil, delicada y efímera de las ramas que lo envuelven. La ‘ambigüedad’, inmensamente reflexiva y creativa, entre lo artificial, resultado de razonadas limitaciones y condiciones, y la espontaneidad y la sorpresa de lo natural.’

‘Ambigüedad’ que pretende yacer en las decisiones de la casa, aún no acabada, en la Mesa Mota, muy cerca de la anterior. Aquí el volumen se yergue sobre la ladera y se cubre en su totalidad, como tratando de arrastrar el manto vegetal de su perfil, con gramíneas. El objeto artificial, que inicialmente parece querer enmascararse en la montaña, huye, por contra, desde su condición más artificial, de la mímesis con el lugar. Ironía que se acentúa con la elección de una gramínea que pretendemos de color azul y, por tanto, de aspecto intencionadamente no natural, que se alzará, deslizará y descenderá por los pliegues de sus dos alturas. Tensiones que se acentúan, aún más, por la elección de una chapa metalizada ondulada como revestimiento exterior, en contraste con el fondo verde de la montaña y con los paneles, más cálidos, de madera prensada, utilizados  para los techos y las paredes de su interior; y por la concepción del jardín, cercado con frutales y otras variedades de plantas no espontáneas, como la verja-enredadera de jazmines de flores blancas y fragancia atípica que delimitará el lugar.

‘Ambigüedad’ que igualmente fluyó durante las conversaciones con Jordi Bernadó en sendas visitas a la isla estos días; patente en su ‘interés por ese espacio sin límites iluminado por el mural de Juan Gopar en Tenerife Espacio de las Artes. Un lugar de reflejos, de destellos, de superposición de dobleces, de luces que no lo son y de sombras que son a veces colores, y de colores que son a veces luces y plantas, y de cristales que son mural, y de mural que es muro perforado por ranuras de tejas y tejados, y de azules, y de oscuros, de espejos y contraluces y de caras y de infinidad de lunares multicolores que no lo son…’ ‘Ambigüedad’ que definitivamente acaba retratando para el Hotel Mencey en ese ‘paisaje de la costa y del horizonte de Menorca desplegado por el viento sobre el paisaje de la costa y del horizonte de Tenerife’. Un trabajo que realizó en la costa de La Punta del Hidalgo, ‘en diálogo exclusivo con la cámara, huyendo de cualquier tipo de manipulación digital, transformando la intensidad del momento, del pensamiento, de la reflexión, del instante, en abierta y libre tensión entre certezas e incertidumbres …’.

Alusión, ésta última, a la voluntad de insistir sobre el ‘trabajo con las manos’, otra de las obsesiones durante las conversaciones y pensamientos de estos días con unos y con otros.

Implícita en las coincidentes reflexiones, entre fósforos, recortables, dibujos, sombras y maquetas de papel, con Juan Gopar y Eustaquio Martínez, Taqui, en los trabajos para la propuesta al concurso del nuevo mercado de La Laguna; y en las entrañables  tardes con Florian Beigel y Philip Christou, en las pequeñas terrazas de La Mareta al mar, o comiendo pescado en Los Abrigos asomados, igualmente, al mismo mar; o escuchando, sobre dibujos cuidadosamente encajados a mano,  a Jacques Herzog explicar los detalles constructivos para las nuevas lamas de madera de su casa en El Porís, sentados, de nuevo, frente a ese mismo mar. En instantes sucesivos, casi coincidentes, día tras día.

‘Architecture as City – Saemangeum Island City’ es el primer libro de Florian y Philip y recoge sus reflexiones y  propuesta para una nueva ciudad-isla en Corea del Sur: una sugestiva aproximación desde la arquitectura al diseño de la ciudad; la ciudad-isla como collage de estructuras urbanas conocidas; ‘landscape infrastructure  of islands’ en esa ambigüedad de palabras entre lo natural y lo artificial propicia para la construcción de la escenografía de la coexistencia. Ideas recogidas en una edición enormemente cuidada, con preciso rigor en la paulatina exposición de los contenidos y con un destacado y exquisito mimo en el tratamiento de las bellísimas fotografías y de los delicados planos y dibujos a mano que ilustran la publicación. Un fiel retrato de sus autores: de su carácter, de su saber, de su compromiso con la arquitectura y el paisaje, de su indisociable implicación en la docencia, de su generosa sensibilidad, de su estricta y personal posición y distancia respecto a la contemporaneidad.

Y entre tanto Juan insistiendo en subrayar que la arquitectura se construye desde los trazos cargados de vibraciones de los dibujos de Siza, que nos hablan sobre la necesidad de no perder  la frescura y la espontaneidad en los consiguientes procesos de racionalización y evolución de las ideas. Trazos ambiguos, sensuales, tan característicos asimismo en los croquis de Jacques, capaces de condensar, no obstante,  con absoluta claridad, cada uno de sus deseos.

Y Philip, con sus pies diluidos suavemente en el frescor del agua, se refería, hace un rato, igualmente y casualmente a Siza, quien advertía en un encuentro en Londres sobre los cambios que se derivan del dibujo digital y la necesidad de adaptarnos a las infinitas posibilidades que de su inexcusable uso se derivan, insistiendo, aventuraba yo, sobre la necesidad de descubrir esa nueva vibración que deshaga la frialdad propia y genérica  de los procesos y razonamientos puramente binarios y asegure ese halo indescriptible y consustancial a todas las arquitecturas de verdad. Probablemente una aseveración romántica, quizás sin interés, que Florian pareció compartir desde su larga experiencia y su peculiar gesticulación e inglés.

Y dialogar con ellos, en una última conversación en el silencio de la noche, con el susurro inquebrantable de los vaivenes del mar al fondo, sobre las arquitecturas que también se construyen con gestos y con palabras.

 Y les conté cómo lo hacía Francisco Sáenz de Oiza durante sus  ‘martes’ en la Escuela de Madrid; aquellas añoradas clases de inequívoca voz ronca, de gafas encajadas en la frente, de constantes y temperamentales disonancias, de palabras enérgicas y sabias que dibujaban y de manos, gestos y trazos en la pizarra que hablaban, y que siempre nos sorprendían en aulas siempre abarrotadas por generaciones de alumnos curiosos y ansiosos por aprender y despertar de un letargo de décadas de aislamiento y dificultad.

Y aprovechar el momento para aconsejarles visitar el Santuario de Aránzazu, en el municipio de Oñate, en Guipúzcoa, construido durante la década de los años cincuenta y sesenta junto al arquitecto Luis Laorga y otros artistas, como Jorge Oteiza, Eduardo Chillida, Lucio Muñoz, …, uno de los lugares más imponentes y  de mayor  hondura de la arquitectura de este último siglo en España.

Y referirme posteriormente a ese otro gran maestro: Juan Daniel Fullaondo; palabra profunda y clara que te amparaba y al que te asías con inmensa seguridad; palabra acompasada por el movimiento suave e hipnótico de unas manos extrañamente adornadas que continuamente te sorprendían y adormilaban por sendas, arquitecturas y sueños aun por descubrir; palabra que, más que dibujar, te sumergía en un cine de mundos apasionantes por los que aventurarte y nunca acabar de transitar; y ello entre tersos puños que asomaban de chaquetas verdes de corte imposible, corbata con hebilla, generosos gemelos, prominente anillo familiar, gomina y significativas patillas. Quienes tuvieron la suerte de visitarle en su casa nos hablaban de las extrañas cabezas reducidas traídas de algún lejano viaje que adornaban su salón, aumentando el halo de intriga y de respeto que su presencia  evocaba.

Afortunadamente le conocimos tras su regresó a la Escuela de la mano de Oiza, para contrapesar a una muchas veces mal entendida pos-modernidad. Haber tenido la suerte de ser su alumno, junto a Pepe Sosa, María José Aranguren, Pepe Gallegos, Ángela García de Paredes, … , ha sido una de esos regalos imprevistos con los que la vida a veces te sorprende. Lo que llegamos a venerarle en torno a la ‘mesa’ del Museo al lado de la Escuela,  ‘mesa’ que luego injustamente le mató, es la emotiva complicidad que nos resta en las distancias.

Y les hablé sobre Torres Blancas en Madrid, su gran obra junto a Oíza, y sobre Nueva Forma y su empeño de años por poner en valor el trabajo excepcional y singular de los demás en una España de polvo, mal entendida memoria y vergüenza.

Palabras y gestos que perduran en vibraciones, ecos y resonancias de indestructible belleza y que resaltan la grandeza del ser profesor de verdad; con la capacidad de alentar y de hacer resurgir desde las ajenas vivencias, a veces  de la nada, sentimientos y talentos, muchas veces, esquinados.

Y de nuevo la ambigüedad en el ir y venir … entre ideas, experiencias, vaguedades e ignorancias.